Agro Industrial Argentina

Noticias y Opinión sobre la industria agropecuaria argentina

ene
25

La salida del capitalismo ya ha empezado

André Gorz

Traducción y revisión de Florent Marcellesi y Lara Pérez Dueñas

Poco antes de darse muerte, André Gorz envió a la revista ecorev este artículo. Escrito en julio del 2007, en él, Gorz constata que el sistema está en permanente crisis, y analiza de forma muy original lo que él entiende que es su principal causa, vaticinando la salida del capitalismo e interrogándose sobre si esta salida será bárbara o civilizada

La cuestión de la salida del capitalismo nunca ha sido tan de actualidad: se plantea hoy de una manera novedosa y con la necesidad urgente de una radicalidad nueva. Debido a su propio desarrollo, el capitalismo ha alcanzado un límite interno y externo que es incapaz de superar y que le convierte en un sistema que sobrevive gracias a subterfugios a la crisis de sus categorías fundamentales: el trabajo, el valor, el capital.

La crisis del sistema se manifiesta tanto a nivel macro-económico como a nivel micro-económico. La principal causa es el cambio radical tecno-científico que introduce una ruptura en el desarrollo del capitalismo y arruina, con sus repercusiones, la base de su poder y su capacidad para reproducirse. Intentaré analizar esta crisis primero bajo la perspectiva macro-económica [1], y segundo a través de sus efectos en el funcionamiento y la gestión de las empresas [2].

La informatización y la robotización han permitido producir cada vez más mercancías con cada vez menos trabajo. El coste del trabajo por unidad de producto no ha dejado de disminuir y el precio de los productos tiende a bajar. Sin embargo, cuanto más disminuye la cantidad de trabajo para una producción particular, más tiene que aumentar el valor producido por trabajador -su productividad- para que la masa de beneficio no disminuya. Obtenemos por tanto esta paradoja aparente : cuanto más aumenta la productividad, más tiene que aumentar ésta para evitar que el volumen de beneficio disminuya. La carrera hacia la productividad tiende a acelerarse, los recursos humanos a reducirse, la presión sobre el personal a endurecerse, el nivel y la masa salarial a disminuir. El sistema evoluciona hacia un límite interno donde la producción y la inversión en la producción dejan de ser lo suficiente rentables.

Las cifras prueban que se ha alcanzado este límite. La acumulación productiva de capital productivo no ha dejado de experimentar una regresión. En los Estados-Unidos, las 500 empresas del índice Standard & Poor’fs disponen de 631 millones de millones de reservas líquidas ; la mitad de los beneficios de las empresas americanas proviene de operaciones en los mercados financieros. En Francia, la inversión productiva de las empresas del CAC 40 ni siquiera aumenta cuando sus beneficios se multiplican.

Puesto que la producción ya no es capaz de valorizar todos los capitales acumulados, una parte creciente de ellos se queda bajo la forma de capital financiero. Se constituye una industria financiera que no deja de refinar el arte de hacer dinero comprando y vendiendo solamente diversas formas de dinero. El dinero mismo es la única mercancía que produce la   industria financiera   a través de operaciones cada vez más arriesgadas y cada vez menos controlables en los mercados financieros. La masa de capital que la industria financiera drena y gestiona supera desde luego la masa de capital que valoriza la economía real (el total de los activos financieros representa 160.000 millones de millones de dólares, es decir de tres a cuatro veces el PIB mundial). El “valor” de este capital es puramente ficticio ; descansa en gran parte sobre el endeudamiento y el “good will”, es decir sobre anticipaciones : la Bolsa capitaliza el crecimiento futuro, los beneficios futuros de las empresas, el futuro alza de los precios inmobiliarios, las ganancias que podrán aportar las reestructuraciones, fusiones, concentraciones, etc.. Las cotizaciones de la Bolsa se hinchan de capitales y de sus plus-valías futuras : los bancos incitan a las familias a comprar (entre otras cosas) acciones y certificados de inversión inmobiliaria, a acelerar así el alza de las cotizaciones, a pedir prestado a sus bancos importes crecientes en la medida que aumenta su capital ficticio bursátil.

La capitalización de las anticipaciones de beneficios y crecimiento mantiene un endeudamiento creciente, alimenta la economía en liquidez, debidos al reciclaje bancario de plus-valías ficticias, y permite a los Estados-Unidos un “crecimiento económico” que, basado en el endeudamiento interno y externo, es claramente el motor principal del crecimiento mundial (incluso del crecimiento chino). La economía real se convierte en un apéndice de las burbujas especulativas sustentadas por la industria financiera. Hasta el inevitable momento en que las burbujas estallan, arrastran a los bancos hacia bancarrotas en cadena que amenazan de colapsar el sistema mundial de crédito, y que amenazan a la economía real de una depresión severa y prolongada (la depresión japonesa dura ya quince años).

Siempre podremos culpar a la especulación, a los paraísos fiscales, a la opacidad y a la falta de control de la industria financiera (en particular los “hedge funds”), pero la amenaza de depresión, incluso de colapso que pesa sobre la economía mundial, no se debe a la falta de control : se debe a la incapacidad del capitalismo de reproducirse. Sólo se perpetua y funciona sobre bases ficticias cada vez más precarias. Pretender la redistribución, a través del impuesto, de las plus-valías ficticias de las burbujas precipitaría exactamente lo que intenta evitar la industria financiera: la desvalorización de masas gigantescas de activos financieros y la quiebra del sistema bancario. La “reestructuración ecológica” sólo puede agravar la crisis del sistema. Es imposible evitar una catástrofe climática sin romper de manera radical con los métodos y la lógica económica que impera desde hace 150 años. Si prolongamos la tendencia actual, se multiplicará el PIB mundial por un factor 3 o 4 hasta el 2050. Sin embargo, según el informe del Consejo sobre el Clima de la ONU, las emisiones de CO2 tendrán que disminuir de un 85% hasta esta fecha para limitar el calentamiento climático a 2ºC máximo. Más allá de 2ºC, las consecuencias serán irreversibles y no controlables.

Por tanto el decrecimiento es un imperativo de superviviencia. Pero supone otra economía, otro estilo de vida, otra civilización, otras relaciones sociales. Sin estas premisas, sólo se podrá evitar el colapso a través de restricciones, racionamientos, repartos autoritarios de recursos característicos de una   economía de guerra.   Por tanto la salida del capitalismo tendrá lugar sí o sí, de forma civilizada o bárbara. Sólo se plantea la cuestión del tipo de salida y su ritmo con el cual va a tener lugar.

Ya conocemos la forma bárbara. Prevalece en varias regiones de África, dominadas por jefes de guerra, por el saqueo de las ruinas de la modernidad, las masacres y tráfico de seres humanos, en un panorama de hambrunas. Los tres   Mad Max   eran novelas de anticipación. En cambio, no se suele plantear una forma civilizada de salida del capitalismo. La evocación de la catástrofe climática que nos amenaza conduce generalmente a considerar un necesario “cambio de mentalidad”, pero la naturaleza de este cambio, las condiciones que lo hacen posible, los obstáculos que hay que saltar parecen desafiar la imaginación.

Proyectar otra economía, otras relaciones sociales, otros métodos y medios de producción y otros modos de vida se tacha de “irrealista”, como si la sociedad de la mercancía, del asalariado y del dinero fuera infranqueable. En realidad una multidud de indicios convergentes sugieren que ya se ha iniciado esta superación   y que las probabilidades de una salida civilizada del capitalismo dependen ante todo de nuestra capacidad de distinguir las tendencias y las prácticas que anuncian su factibilidad.

El capitalismo debe su expansión y su dominación al poder que ha adquirido en un siglo, tanto en la producción como en el consumo. Al privar primero a los obreros de sus medios de trabajo y de sus productos, se ha garantizado progresivamente el monopolio de los medios de producción y ha conseguido subsumir el trabajo. Con la especialización, la división y la mecanización del trabajo en grandes instalaciones, los trabajadores se convirtieron en los apéndices de las megamáquinas del capital. Se tornó así imposible para los productores apropiarse de los medios de producción. Gracias a la eliminación del poder de aquéllos sobre la naturaleza y el destino de los productos, se ha asegurado al capital el cuasi-monopolio de la oferta, es decir el poder de anteponer en todos los ámbitos las producciones y los consumos más rentables, así como el poder de crear los gustos y deseos de los consumidores y la manera con la que iban a satisfacer sus necesidades. Este poder es el que la revolución informacional empieza a agrietar.

En un primer momento, el objetivo de la informatización fue la reducción de los costes de producción. Para evitar que esta reducción de costes conllevara la correspondiente baja de los precios de las mercancías, había que, en la medida de lo posible, sustraerlas a las leyes del mercado. Esta sustracción consistía en conferir a las mercancías cualidades incomparables gracias a las que parecen no tener equivalente y dejan de ser por tanto simples mercancías.

El valor comercial (el precio) de los productos tenía, por lo tanto, que depender más de sus   cualidades inmateriales   no medibles que de su utilidad (valor de uso) sustancial. Estas cualidades inmateriales -el estilo, la novedad, el prestigio de la marca, la rareza o “exclusividad”- tenía que conferir a los productos un estatuto comparable al de las obras de arte. Éstas últimas tienen un   valor intrínseco  : no existe ningún patrón que permita establecer entre ellas una relación de equivalencia o “precio justo”. No son por tanto verdaderas mercancías. Su precio depende de la rareza, de la reputación del creador, del deseo del comprador eventual. Las cualidades inmateriales incomparables proporcionan a la empresa productiva el equivalente de un monopolio y la posibilidad de asegurarse una   renta   de novedad, rareza, exclusividad.

Esta renta esconde, compensa y a menudo sobrecompensa la disminución del valor en su aceptación económica que la reducción de los costes de producción genera para los productos en tanto que mercancías por esencia intercambiables entre sí según la relación de equivalencia. De un punto de vista económico, la innovación no crea valor : es el medio para crear una rareza fuente de renta y conseguir un sobreprecio en detrimento de los productos competidores. La parte de la renta en el precio de una mercancía puede ser diez, veinte o cincuenta veces más grande que su coste de producción, y no sólo se aplica a los artículos de lujo; también se aplica a los artículos del día a día como zapatillas de deporte, camisetas, móviles, discos, pantalones vaqueros, etc..

Sin embargo, la renta no tiene la misma naturaleza que el beneficio: no corresponde a la creación de un aumento de valor, de una plus-valía.   Redistribuye   la masa total del valor a favor de las empresas rentistas y en detrimento de los otros ; no aumenta esta masa  El valor trabajo es una idea de Adam Smith, que veía en el trabajo la sustancia común de todas las mercancías y pensaba que éstas se intercambiaban según la cantidad de trabajo que contenían.

El   valor trabajo no tiene nada que ver con lo que entenderíamos hoy en día y que (en el caso de Dominique Méda y otros) se tendría que designar como   trabajo valor (valor moral, social, ideológico, etc.).

Marx afinó y siguió trabajando en la teoría de A. Smith. Simplificando al máximo, se puede resumir la noción   económica   de la manera siguiente : una empresa   crea valor   al producir una mercancía vendible con trabajo para cuya remuneración pone en circulación (crea, distribuye) poder adquisitivo. Si su actividad no aumenta la cantidad de dinero en circulación, no crea valor. Si su actividad destruye empleo, destruye valor. La renta de monopolio consume el valor creado en otras partes y se lo apropia.

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1. El valor trabajo es una idea de Adam Smith, que veía en el trabajo la sustancia común de todas las mercancías y pensaba que éstas se intercambiaban según la cantidad de trabajo que contenían.

El valor trabajo no tiene nada que ver con lo que entenderíamos hoy en día y que (en el caso de Dominique Méda y otros) se tendría que designar como trabajo valor (valor moral, social, ideológico, etc.).

2. Marx afinó y siguió trabajando en la teoría de A. Smith. Simplificando al máxmo, se puede resumir la noción económica de la manera siguiente: una empresa crea valor al producir una mercancía vendible con trabajo para cuya remuneración pone en circulación (crea, distribuye) poder adquisitivo.

3. Si su actividad no aumenta la cantidad de dinero en circulación, no crea valor. Si su actividad destruye empleo, destruye valor. La renta de monopolio consume el valor creado en otras partes y se lo apropia.

ene
25

Comienzan los preparativos para Rio+20

La Cumbre de Desarrollo Sustentable Rio+20, que la ONU celebrará en junio en Brasil, comenzó su cuenta atrás para encaminar al mundo hacia una nueva economía verde y social. Ya solo cabe esperar que sirva para algo más que la de Durban.

Cumbre Río+20. Fuente: roadsafetyfund.blogspot.com 


«La gran oportunidad de la cumbre Rio+20 es que siente las bases para una manera diferente de concebir y medir nuestra economía: lo que necesitamos es que se mida por el bienestar que produce», declaró a AFP el director de la ONG Amigos de la Tierra, Roberto Smeraldi, quien en la anterior Cumbre de la Tierra, hace 20 años, lideró el comité de la sociedad civil.


Por su parte, Ecuador propondrá que se analicen los derechos de la naturaleza y la imposición de gravámenes internacionales a quienes realicen actividades que pongan en peligro la estabilidad ambiental, entre otros temas, informó la ministra de Patrimonio de ese país, María Fernanda Espinosa.

Espinosa dijo a periodistas que su Gobierno llevará a Brasil una propuesta de financiación para el desarrollo sostenible y rechazó el argumento de que no se puede pensar en un nuevo modelo de desarrollo ahora, al estar el mundo inmerso en una crisis.

«Yo creo que es al revés, la crisis financiera es solamente un síntoma de que el sistema en el que vivimos es absolutamente antiecológico e insostenible», comentó.

La crisis económica en el mundo y el agotamiento de los recursos han alimentado un «desencanto general con el paradigma económico dominante» y lo que el mundo necesita es otro «paradigma en el que la riqueza material no tenga que obtenerse a expensas de la escasez ecológica y de disparidades sociales», señala a su vez un documento de la Agencia de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA).

El primer documento borrador de la conferencia Río+20, titulado «El futuro que Queremos», indica el compromiso para que el mundo haga una transición hacia una economía verde que integre la lucha contra la pobreza y el respeto al medio ambiente.

Una de las grandes propuestas es que sean definidos «Objetivos del Desarrollo Sustentable» que obliguen a los países a asumir metas de seguridad alimentaria, acceso al agua, empleos verdes y hasta «patrones de producción y consumo sustentable», agregó AFP.

A la conferencia de la ONU sobre el Desarrollo Sustentable Río+20, que se celebrará del 20 al 22 de junio de 2012, está previsto que asistan los jefes de Estado o de Gobierno, así como los ministros de Economía y Desarrollo de la mayor parte de los países que integran las Naciones Unidas.


Fuente: juventudrebelde.cu
ene
24

Empleo verde para tiempos de crisis

En tiempos de aguda crisis económica, el sector ambiental aún da opciones, si no para conseguir empleo, al menos para mantenerlo. La Fundación Biodiversidad, órgano gestor del Fondo Social Europeo, ha abierto el plazo para presentar proyectos a la edición de este año del Programa Empleaverde, con 10 millones de euros disponibles. Este año, además, los emprendedores del sector ambiental también podrán optar a las ayudas.

Programa Empleaverde. Fuente: formacionporlasostenibilidad.org 

Hasta el 31 de marzo, tanto entidades públicas como privadas sin ánimo de lucro pueden presentar proyectos que tengan un trasfondo ambiental. Las ayudas, que irán desde los 50.000 euros hasta un máximo de 300.000 euros, deberán ir destinadas a una serie de acciones relacionadas con el medio ambiente. Entre ellas se encuentran cursos de formación, celebración de seminarios y congresos, campañas de sensibilización o estudios, entre otros.
La principal novedad de este año es la inclusión de una línea de financiación para proyectos de emprendimiento verde. Para este sector con ánimo de lucro se reservan tres millones del total. Las acciones a financiar son las mismas que para las entidades sin ánimo de lucro. Tanto unas como otras pueden ver subvencionadas sus acciones entre el 50% y el 80%, dependiendo de la zona del país.
Los destinatarios de las acciones deberán ser trabajadores de pymes y micropymes o profesionales liberales y trabajadores agrarios (en un 70%). El resto puede ir destinado a otros colectivos y un 10% se reserva para parados. Tendrán prioridad, además de los colectivos más desfavorecidos, los empleados procedentes de zonas en despoblamiento, rurales o que vivan en áreas protegidas.
Desde que el Programa Empleaverde se pusiera en marcha en 2007, se han realizado 140 proyectos con una inversión de más de 32 millones de euros ofreciendo más de 2.500 acciones gratuitas en todo el territorio nacional. El objetivo para cuando acabe, en 2013, es haber conseguido apoyar a más de 50.000 personas y fomentar la creación de 1.000 empresas en sectores vinculados al medio ambiente.

Fuente: Público.es
ene
23

Debates sobre desarrollo y bienestar desde la economía feminista

Yolanda Jubeto Ruíz - El término “bienestar” se ha elaborado a partir del expolio de los recursos naturales, de la esclavitud de los miserables del mundo, de la devaluación de las mujeres, del uso intolerable de los niños y niñas –como productos y mano de obra barata– y de la utilización de la fuerza bélica irracional. (Marilyn Waring, 1994) [1]

Esta reflexión tan inspiradora de la economista y agricultora neozelandesa Marilyn Waring recoge de forma escueta y clara una crítica profunda al sistema económico capitalista que es compartida por muchas economistas feministas que llevan décadas denunciando la utilización fraudulenta de conceptos como “bienestar”, “desarrollo”, o “progreso”.

Siendo conscientes de que la economía feminista es un concepto amplio y diverso, puesto que igual que no existe un único feminismo tampoco existe una única visión de la economía, sí podemos partir de algunos elementos comunes sobre los que reflexiona y hace propuestas que resultan muy significativos en estos debates, para pasar a centrarnos en aquellos que son críticos con este sistema expoliador.

En primer lugar, la economía feminista es consciente de que muchos de los supuestos y metodologías que utilizan las escuelas de pensamiento económico más influyentes, y predominantemente la teoría económica hegemónica, la neoclásica, tienen un fuerte sesgo de género, ya que han considerado como universales e imparciales normas masculinas burguesas y etnocéntricas.

Esta visión androcéntrica de la economía ha condicionado las categorías analíticas básicas utilizadas (desde el concepto de trabajo vinculado exclusivamente con el empleo, el de actividad con la participación en el mercado, el de la unidad doméstica con un espacio en armonía, hasta el de bienestar y desarrollo vinculados a la maximización de la utilidad y al crecimiento del Producto Interior Bruto). Por ello, la economía feminista ha realizado una revisión crítica de los contenidos del pensamiento económico, haciendo hincapié en la invisibilización de muchas actividades desarrolladas históricamente por mujeres que han sido relegadas a la esfera de lo “no económico”.

Asimismo, ha subrayado la discriminación a la que deben hacer frente las mujeres en la esfera socio-económica (tanto en la productiva doméstica, en la de cuidados, como en la del trabajo mercantil), como en la esfera política (niveles de participación en los procesos de toma de decisiones políticas que influyen directamente en nuestras condiciones de vida), y ha apostado por nuevas categorías analíticas no androcéntricas, que contribuyan a visualizar y valorizar las experiencias y actividades desarrolladas a lo largo de la historia primordialmente por mujeres.

Este esfuerzo por superar las fronteras impuestas sobre “lo económico” [2] afecta directamente a las políticas públicas, puesto que el pensamiento dicotómico sobre lo que es objeto de análisis de la economía y lo considerado extra-económico impacta directamente en lo que debe ser abordado por la política pública y lo que se puede “excluir” de la actuación pública.

¿Es el desarrollo un proceso lineal universal?

La parcialidad en los análisis económicos también es aplicable a los conceptos de “progreso” y “desarrollo”, puesto que durante décadas el modelo a seguir ha tenido como patrón principal el de acumulación de capital practicado por el mundo occidental en los últimos siglos. Esta pauta de comportamiento hegemónica ha marginado y despreciado otras propuestas alternativas a este modelo, provenientes tanto de pueblos autóctonos no occidentales, como de los colectivos subordinados o subalternos, entre los que destacaríamos las mujeres de grupos considerados “marginales” por los teóricos occidentales.

Así, el modelo de desarrollo que ha servido de base a las políticas de desarrollo económico impulsadas por las agencias internacionales se ha centrado en el impulso de una rápida acumulación de capital y en la industrialización como medio principal para obtener el bienestar.

Este enfoque a favor de la modernización capitalista se suponía aplicable a todas las sociedades de una forma lineal y consistía en una serie de estadios que les llevaría de sociedades agrarias “atrasadas” a sociedades industriales “modernas” [3]. Además, esta propuesta se combinaba con las teorías del capital humano para abogar por una ampliación de los sistemas educativos que permitiera formar a un suficiente volumen de personal que participara en el proceso de cambio propuesto. Se sostenía que los bene- ficios del crecimiento y la modernización conducirían a mejores condiciones de trabajo, mayores salarios, educación y bienestar.

Esta propuesta modernizadora ha tenido una visión explícita o implícita del papel que tenían que jugar los hombres y las mujeres en este proceso. Los hombres modernos eran los equivalentes del hombre económico que propugnaba la teoría económica neoclásica, ya que en ambos casos el comportamiento racional era su característica principal, comportamiento regido siempre por la autonomía, el interés propio, el egoísmo, el dinamismo, la capacidad de innovación, la competitividad y la capacidad de asumir riesgos.

En el caso de las mujeres, desde un principio se presuponía que todos los cambios hacia la modernización las beneficiarían, tanto a las que entrarían en el mercado laboral –dado que los procesos de cambio tecnológico les permitirían dedicar menos tiempo a los trabajos domésticos (en ningún momento, por supuesto, se planteaba la posibilidad de compartir estos trabajos con los hombres)–, como a las que ejercieran exclusivamente tareas domésticas y de cuidados.

Entre los economistas las referencias a las implicaciones del desarrollo para las mujeres fueron menores que en otras disciplinas, como la sociología, pero tal como recoge Kabeer [4], cuando estos se posicionaban solían considerar que las mujeres se bene- ficiarían siempre de estos procesos. Así, Arthur Lewis, uno de los economistas defensores del crecimiento industrial en el Tercer Mundo que tuvo mayor influencia, declaraba que discutir la conveniencia para las mujeres del crecimiento económico era “como discutir si las mujeres deberían tener la oportunidad de dejar de ser bestias de carga e incorporarse al género humano”.

Algunos mitos del sistema

Todos estos planteamientos ignoraban que la acumulación primaria de capital se había basado en los procesos de colonización de la mayor parte del mundo, que se fueron extendiendo a partir de finales del siglo XV, y que consistían en la usurpación de tierras y de sus productos y de la expulsión/ marginación de sus habitantes. Esta necesidad de acaparar recursos ha promovido enfrentamientos y sucesivas guerras a lo largo de los últimos siglos (muchas de ellas silenciadas), que han desembocado en unas sociedades altamente militarizadas y en unos organismos internacionales que no han servido hasta la fecha para garantizar la paz mundial ni la seguridad alimentaria [5].

El mito de que todas las sociedades, si querían progresar, debían atravesar las mismas fases que habían tenido lugar en el occidente capitalista por medio de unas etapas de crecimiento (véase nota 3), se une al mito de que el ser humano podía controlar totalmente la naturaleza. Así esta pasó a ser considerada un factor de producción más (la tierra y sus componentes pasaron a ser recursos naturales explotables), y por lo tanto, privatizables, comercializables y al servicio de los intereses del capital [6]. El objetivo último del sistema capitalista, que fue madurando y extendiéndose por el mundo, consistía en obtener el mayor beneficio económico posible a corto plazo, ignorando la sostenibilidad del sistema a largo plazo, al no tener en cuenta en sus cálculos los límites del planeta ni las consecuencias que tenían para la mayoría social las prácticas capitalistas de explotación.

Una visión cada vez más reduccionista de las actividades económicas, que prioriza las mercantiles por encima del resto, fue aislando progresivamente la actividad económica mercantil de la esfera política así como del resto de las actividades básicas para la reproducción de la vida, en las que se sostenía. La falacia de los mercados autorregulados, base de la economía de mercado, solo puede funcionar “si la sociedad se subordinara de algún modo a sus requerimientos” [7].

Asimismo, este patrón de mercado excluye como no económicas al conjunto de actividades relacionadas con la sostenibilidad de la vida que no pasan por el mercado, justificando que al no tener un componente mercantil son difícilmente cuantificables y fácilmente excluibles [8].

Del mismo modo, aunque el sistema capitalista ha aumentado exponencialmente las posibilidades de producción de mercancías, promoviendo un aumento de la capacidad de consumo por parte de las personas con ingresos económicos –potenciando al mismo tiempo su endeudamiento–, ignora las necesidades de todas aquellas personas que habitan en el planeta que no tienen recursos monetarios suficientes para participar en el mercado.

Voces críticas al modelo hegemónico de acumulación

Los modelos de desarrollo basados en la acumulación de capital han hecho caso omiso a las voces críticas que ha suscitado este modelo por autores que han definido el capitalismo norteamericano como la sociedad del despilfarro y como un modelo inviable [9].

Hasta la década de los años 70 del siglo XX, aunque habían aparecido voces críticas en el Sur respecto a estos procesos, la visión hegemónica del Norte y de sus organismos internacionales se había impuesto tras el fin de la II Guerra Mundial.

Las políticas de desarrollo que se exportaron al resto del mundo consideraban a las economías agrarias como “atrasadas”, y a sus pueblos y culturas “inferiores” vinculadas a lo “salvaje” e “irracional” [10]; discursos que habían prevalecido incluso tras la independencia de las zonas colonizadas.

El personal político y técnico que dirigía las políticas de desarrollo no tenía en cuenta las consecuencias de esos procesos históricos, muchas veces con altas dosis de racismo y androcentrismo, sobre las diversas etnias que habitaban los pueblos del Sur (muchas de ellas ignoradas y marginadas completamente por los poderes dominantes en sus países) ni para las mujeres de los diversos estratos sociales sobre los que se querían aplicar estas políticas de desarrollo.

En las décadas de los 50 y 60 del siglo XX pocas veces se mencionaban a las mujeres como protagonistas activas del desarrollo, y cuando se hacía, se las suponía beneficiarias potenciales de los programas de desarrollo, desde una posición paternalista, ya que se subrayaba su rol maternal, ignorando su papel como sustentadoras y actoras activas de la organización socio-económica en la que vivían.

Las economistas feministas, principalmente del Sur, comenzaron a expresar en la década de los 70 sus valoraciones críticas ante una representación de la modernización como un proceso universal y lineal, cuando en la práctica demostraba ser un una visión parcial y androcéntrica del desarrollo que defendía un mundo dual que anteponía lo moderno frente a lo tradicional, y que ignoraba y manipulaba los roles de los diversos colectivos sociales y especialmente los de las mujeres.

No obstante, la aportación que tuvo más repercusión en esa década fue la de Ester Boserup, ya que desveló la marginación a la que estaban siendo sometidas las mujeres del Sur por los diseñadores de programas de desarrollo, al ser consideradas receptoras pasivas de las políticas implementadas. Durante una década el enfoque “Mujeres en Desarrollo” (MED), fruto de las anteriores reflexiones, influyó en los donantes y en el movimiento internacional de mujeres. Intentó que se tuvieran en cuenta las necesidades y opiniones de las mujeres en el diseño de los programas de desarrollo para que fueran incluidas en los procesos de desarrollo. Su crítica principal se basaba en las carencias de recursos para los proyectos de desarrollo económico destinados a las mujeres, ya que solo se les destinaban recursos para políticas sociales basadas en las necesidades básicas.

Pronto fue patente que no era suficiente con incluir a las mujeres en planes de desarrollo que no eran diseñados desde sus propias necesidades y que no cuestionaban el orden patriarcal en el que se hallaban, es decir, las relaciones de poder existentes entre mujeres y hombres y su construcción social. Esto impulsó en la década de los 80 un cambio en el enfoque dominante que pasará a ser denominado Genero y Desarrollo (GYD), puesto que la construcción social en la que se basaban las relaciones entre mujeres y hombres y también entre los diversos colectivos de mujeres tenía que ser tenida en cuenta a la hora de diseñar las políticas, no solo microeconómicas, sino macroeconómicas, y ahí las voces de las propias mujeres cada vez se consideraban más importantes, en algunas propuestas.

Las dificultades para aplicar este enfoque aumentaron en una época de ajustes estructurales y visiones neoliberales de la economía, así como por la falta de comprensión de la centralidad de esta problemática. No obstante, en esta época se impulsaron conceptos como “transversalidad de género” y de “empoderamiento de las mujeres” que serán objeto de debates y propuestas prácticas hasta la actualidad.

La transversalidad de género (gender mainstreaming) implica un proceso sistemático de situar los temas relativos a la equidad entre mujeres y hombres en el centro de los procesos de decisión política, de las estructuras institucionales y de la asignación de recursos, incluyendo las propias visiones de las mujeres respecto a los procesos y sus prioridades en la toma de decisiones sobre el desarrollo. Este concepto va a conseguir una repercusión internacional al ser incluido en la Declaración de Beijing y de Plataforma de Acción acordadas en la IV Conferencia Internacional de la Mujer de la ONU.

Asimismo, también se fue incorporando la necesidad del “empoderamiento de las “mujeres, idea surgida años antes y que fue expresada con fuerza por la plataforma de mujeres del Sur, DAWN. Para ellas, el empoderamiento suponía un cambio interno así como de las relaciones de dominación y jerarquización existentes a otras en las que los hombres y el sistema asumieran su nivel de responsabilidad, de cuidados, apertura, y negación de las jerarquías preexistentes. Además, el empoderamiento, aunque sea un concepto utilizado con diversas acepciones, está muy vinculado con otro tipo de desarrollo, un desarrollo que surge desde las mujeres y hombres por medio de procesos participativos que permiten expresar, consensuar y decidir sus proyectos de futuro en pie de igualdad. Por ello, cuando aparece el concepto de desarrollo humano a finales de los 80 hay quien vincula ambas propuestas por el potencial de cambio que inicialmente mostraban. Hoy en día existe un gran debate sobre el concepto y contenidos del desarrollo humano. No obstante, existe un gran consenso sobre los graves problemas que genera la discriminación secular de las mujeres, entre los que destaca la violencia sistemática que se ejerce contra sus vidas en todo el mundo, y con especial virulencia en países asiáticos como China o India, problemática ya denunciada por Amartya Sen hace unas décadas en su famoso ensayo “Faltan más de 100 millones de mujeres”.

En este sentido, resulta muy inspirador el pensamiento feminista que proviene del Sur y es crítico con los procesos y discursos impulsados por las agencias internacionales de desarrollo, denominado pensamiento postcolonial por su crítica al modelo colonial dominante. Como ejemplo mencionar la aportación de Vandana Shiva, pensadora e investigadora india, doctora en Física Cuántica por la Universidad de Ontario, que ha cuestionado también el orden económico imperante a partir de una crítica abierta a los procesos impuestos por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en el Sur, siendo muy consciente de los perjuicios que están generando una visión economicista y de mal desarrollo.

En la actualidad consideramos imprescindible tener en cuenta la visión postcolonial en el análisis de los procesos relativos al desarrollo de los pueblos del Sur, ya que nos permiten ser conscientes de cómo tenemos construida nuestra mirada sobre los mismos y sobre las relaciones entre las mujeres y hombres que habitan en ellos. Esta nueva lectura desvela también la influencia cultural, en general, y del proceso educativo, en particular (desde los medios de comunicación hasta los libros de texto), en nuestras simplistas visiones de estos pueblos, diversos y muy frecuentemente mucho más complejos y desconocidos de lo que pensamos, dadas las distorsiones con las que los observamos.

*Yolanda Jubeto Ruiz es profesora agregada del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).

Este artículo ha sido publicado en el nº 49 de Pueblos – Revista de Información y Debate, especial diciembre 2011.
Notas

[1] Marylin Waring, Si las mujeres contaran. Una nueva economía feminista, Vindicación Feminista, Madrid, 1994.Tomado de Carmen Alborch, Libres, Santillana, 2004.

[2] Marianne A. Ferber y Julie Nelson (eds.), Beyond economic man. Feminist Theory and Economics, The University of Chicago Press, 1993.

[3] Walter W. Rostow, Las etapas del crecimiento económico. Un manifiesto no comunista, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, 1993.

[4] Naila Kabeer, Realidades trastocadas. Las jerarquías de género en el pensamiento del desarrollo, Ciudad de México, Paidós, 1998.

[5] En la actualidad, el acaparamiento de tierras continúa y se está intensificando especialmente en África y en América del Sur, incluso con el apoyo del Banco Mundial (ver informes en www.grain.org).

[6] Karl Polanyi, La Gran Transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Ciudad de México, FCE, 2003.

[7] “[…] Una economía de mercado debe comprender todos los elementos de la industria, incluidos la mano de obra, la tierra y el dinero. Pero la mano de obra y la tierra no son otra cosa que los seres humanos mismos, de los que se compone toda sociedad, y el ambiente natural en el que existe toda sociedad. Cuando se incluyen tales elementos en el mecanismo de mercado, se subordina la sustancia de la sociedad misma a las leyes de mercado”, Polanyi (nota 6, p. 122).

[8] Marilyn Waring, If women counted, Londres, Macmillan, 1988; Michèle A. Pujol, Feminism and Anti-feminism in Early Economic Thought, Vermont, Edward Elgar, 1992.

[9] John K. Galbraith, La cultura de la satisfacción, Barcelona, Ariel; y Waring (nota 8).

[10] Ver Boaventura de Sousa Santos, El milenio huérfano: ensayos para una nueva cultura política, Trota/Ilsa, 2005.

ene
23

El contenedor amarillo no vale para reciclar de todo

Según Ecoembes, una cuarta parte de los residuos que se depositan en estos contenedores no sirven para ser reciclados junto a los envases de plástico, latas y ‘briks’, aunque la cantidad de envases “que no sirven para reciclar” a disminuido con respecto a 2010. Datos como este reflejan la falta de educación ambiental en España.


Una niña deposita una bolsa de residuos en un contenedor amarillo.
Casi un cuarta parte de los residuos -el 22,9%- son depositados erróneamente en los contenedores de reciclaje amarillos, donde sólo se deben depositar los envases de plástico, latas y ‘briks’. Esta cifra es, en cualquier caso, sensiblemente mejor que la registrada años anteriores, según datos de 2010 recogidos por